martes, 24 de junio de 2014

Breve etnografía de la fiesta yaqui de San Juan

Tonatiuh Castro Silva

Vicam pueblo es la cabecera de los Ocho Pueblos tradicionales yaquis. Se localiza a 6 kilómetros de Vícam Estación, sobre la carretera que va de este asentamiento hasta San Ignacio Río Muerto. Está conformada por aproximadamente un centenar de viviendas. A la entrada del pueblo se encuentran “la guardia” y “la comunila”, que son las sedes de las autoridades militares y civiles, respectivamente. El asentamiento más cercano es Casas Blancas, ubicado un kilómetro antes de llegar por la carretera.


En la sociedad yaqui la función de vincular la dinámica familiar con la comunitaria e incluso grupal, está dada por las organizaciones religiosas. En la literatura sobre la etnia los fiesteros son considerados como autoridad, junto a las organizaciones civil, militar y religiosa. Sin embargo, es necesario considerar los alcances de las funciones desempeñadas por este grupo, para comprender su real autoridad.  
Cada pueblo yaqui cuenta con un santo patrono. Varios de ellos realizan una fiesta al año dedicada al santo que lo distingue. En la fiesta de la Santa Cruz, realizada los días 2 y 3 de mayo en Torim, así como en la fiesta de San Juan, que se lleva a cabo del 22 al 25 de junio en Vícam Pueblo, el grupo de fiesteros está constituido por dos bandos: los rojos y los azules, cada uno de cuatro personas. La pertenencia al grupo es de un año; al iniciar la fiesta, rojos y azules son sustituidos por otras personas que igualmente finalizarán su compromiso al año siguiente. Aunque la fiesta ocupa sólo unos días, a lo largo del año tienen actividad, pues cada domingo acuden a la iglesia a participar en el conti o procesión. En el caso de Vícam Pueblo, tras el conti los fiesteros se reúnen para organizar y cooperar materialmente para la fiesta de San Juan.
Generalmente cada fiestero es apoyado por su familia, familiares o compadres, por lo que su participación es en realidad un medio a través del cuál un grupo de personas contribuye a la realización de la fiesta. En consecuencia, son varios grupos de la comunidad los que hacen posible el evento, aunque las responsabilidades del cargo son asumidas sólo por el fiestero. En tanto el cargo es de un año, la mayoría de las personas de la comunidad han participado directamente en la fiesta; casi todos han sido alguna vez miembros de los rojos o de los azules.

Fiesta de San Juan
Al oriente del templo, a aproximadamente diez metros, en el porche de la casa cural, un adulto, un joven y un niño construyen grandes figuras con alambre y tiras de carrizo; construyen “el castillo” que habrá de encenderse en el día de San Juan. Ya está listo el espacio para la fiesta: un gran terreno ubicado al frente de la iglesia, donde también se realizan los rituales de cuaresma y semana santa. Al este u oriente del terreno se encuentra una ramada con una cruz azul al frente, en su “cornisa”. Esta es la ramada de los “azules o soldados cristianos. Del lado poniente, como a cuatrocientos metros, hay otra ramada con una cruz roja, la cuál se adorna con algunos focos del mismo color, señalando que esta es la ramada de los “rojos” o moros. Cada ramada tiene enseguida una cocina, consistente en ramada, hornillas y largas mesas de madera.
La fiesta de San Juan comienza en la tarde del 22 de junio. Las partes que integrarán el castillo están recargadas en las paredes de la iglesia. Hay puestos de venta de comida y golosinas en los alrededores del espacio ritual. También hay danzas de pascola y venado; así inicia la fiesta. Esto tiene lugar en la ramada de los azules.
Alrededor de las once de la mañana del 23 de junio los nuevos fiesteros entregan la comida a cada uno de los grupos. Frente a cada ramada y hacia los lados de la cruz blanca de madera que se encuentra ahí, se colocan varios petates de aproximadamente 2 x 3 metros (por una de sus caras, que es la que se coloca hacia el suelo, algunos de los propietarios escriben sus nombres con pintura blanca y letras grandes). Sobre los petates se colocan alimentos y abastecimiento para la cocina: grandes ollas con sopa de arroz, barbacoa, sopa fría (macarrón con carnes frías y mayonesa), frijoles, champurro, horchata, sacos de harina, azúcar y grandes piezas de carne.


Aproximadamente a las cinco de la mañana del día 24 se dirige una procesión al río, encabezada por la figura de San Juan. Las personas se bañan con el agua que han traído las lluvias. La procesión es encabezada por los danzantes de pascola y  venado. Tras de ellos cargan la figura religiosa y le siguen las cantoras y la gente que voluntariamente asistió al río. Ingresan a Vícam pueblo entre “Las mañanitas” de la rocola y la algarabía de algunos trasnochados. Entramos a la iglesia. En la parte media del templo los matachines bailan formados en dos filas, haciendo valla a la procesión. Los músicos de los matachines tocan sentados en una banca situada al lado oriente de la iglesia, unos centímetros atrás de una de las filas. Las imágenes son llevadas hasta el altar y después llevadas hacia afuera. Frente a la cruz mayor la procesión se divide en rojos y azules. Los primeros se llevan a San Juan a su ramada.
Alrededor de las once de la mañana se llevan a cabo varios bautizos. La misa es dirigida por un sacerdote, quien es auxiliado por el maestro mayor. Rojos y azules están presentes, formados en columnas. Tras la misa, los dos grupos se retiran en procesión cada uno a su ramada.
En las primeras horas de la tarde se realiza “el gallo”, que consiste en el paso veloz y por separado de varios jinetes voluntarios que tratan de atrapar un gallo muerto enterrado, que únicamente muestra su cabeza. Quien lo logra se queda con la bolsa de dinero que el gallo tiene atada a sus patas. Primero se realiza del lado de los azules. En el lado de los rojos se encuentra congregada una gran cantidad de gente y automóviles de muy variados tipos; se escucha música que sale de las cabinas y de la rocola: cumbias, cumbias norteñas, norteñas y rancheras; vendedores ambulantes de paletas y de algodones de dulce. Todos forman un desordendo círculo, que deja un pequeño espacio para la realización de la corrida.
Por la noche, sobre la pequeña explanada o plancha de cemento que está del lado norte del terreno ceremonial, se instala el expendio de cerveza (carpa, mesas y hieleras), y a un lado un grupo mestizo de música norteña.
Aproximadamente a las 10:30 de la noche se enciende el castillo, que fue colocado durante la tarde. El castillo es un gran juego pirotécnico; consiste en una estructura con forma de torre, que tiene añadidas otras figuras móviles. Lo enciende un jinete; las chispas brotan rápido, el caballo se asusta pero el yaqui lo controla. La multitud deja un espacio libre de aproximadamente ocho metros alrededor del castillo. El incendio va hacia arriba. De poco antes de la cima penden dos cables, uno hacia el oriente y otro al poniente, sujetados a un poste cada uno. Los cables prenden y surge un gran ente flamígero que emociona al público. En la cima del castillo se encuentra una imagen de San Juan, la cuál debe girar para después salir volando, lo que constituye una de las partes más esperadas de la fiesta.
Más o menos una hora después sale “el torito”, juego pirotécnico con forma de toro sostenido por un corredor que se mete entre la gente. El terreno ceremonial se encuentra invadido por automóviles y camiones que habrán de transportar a la gente procedente de otros pueblos.
Durante la mañana del 25 de junio se realiza un ritual mediante el cuál un grupo de personas se comprometen a abastecer de alimentos la fiesta del próximo año. Tal como en el acto realizado el día de ayer para entregar la comida, en esta ocasión los alimentos sobrantes son colocados sobre varios petates. El papel de las personas que hace unos días llegaron a hacer entrega se invierte; ahora son ellos quienes pasan la responsabilidad de alimentar a los fiesteros y al pueblo. Quienes se acercan a tomar alguna ración del alimento sobrante adquieren el compromiso. Algunas personas lo hacen sin saberlo.
Al mediodía ocurre un acto en el que los protagonistas son dos niños, uno por cada grupo. Habrán de correr frente a la iglesia, para luchar en el trayecto por la bandera del contrincante. Los adultos pertenecientes al grupo de los azules, que traen en la cabeza paliacates o paños de su color, se colocan en la puerta de la iglesia mirando hacia el frente. Del otro lado, pasando la cruz del perdón del cementerio, están los rojos. Frente a los azules se paran los dos niños, que también se identifican llevando paños del color del grupo que representan, y además una bandera de los mismos colores. El ganador será quien se quede con la bandera del otro. El pueblo forma dos filas frente a la iglesia, haciendo valla al espacio de la carrera. La gran cantidad de personas está emocionada, a la expectativa, muchos comentan lo sucedido hasta entonces en la fiesta y toman cerveza. Los vendedores se pasean ofreciendo sus productos. Ante una señal, los niños corren de nuevo, pero alargando el recorrido. En una tercera ocasión llegan hasta el sitio en el que están los rojos y regresan a la iglesia. Uno de los niños le quita la bandera al otro, y con ello triunfa su grupo.
Después de la carrera de los niños, se forman dos filas de mujeres en posición este-oeste. Todas traen paños en la cabeza. Se saludan pasando una por una frente al resto de sus compañeras, rotando unas y aguardando otras. Con esto se da por terminada la fiesta.


Foto1: Cultura yaqui (facebook)
Foto2: río Yaqui/revolucionestrespuntocero.com
Foto 3: Torito/noticias.latino.msn.com

sábado, 29 de marzo de 2014

Bosquejo de las tradiciones de las etnias de Sonora

Primera parte

Tonatiuh Castro Silva

El tema es sumamente amplio, propio de una investigación colectiva de algunos años, para presentarse en una serie de volúmenes, por lo que debo aclarar que tuve el atrevimiento de escribir el artículo a petición (extraña) de la producción de un programa televisivo, que me solicitó una entrevista sobre el tema pero, a la vez, que previamente les entregara un texto con el contenido.

Las tradiciones sustentan a las sociedades a través del tiempo, al contribuir al establecimiento de la organización social –lo que les permite mantenerse integradas–, y a la vez les brindan rasgos propios, la identidad para diferenciarse de otras culturas. Son prácticas que se han realizado por siglos o milenios, que pueden referirse a la religión, al parentesco, a las actividades económicas o a otros aspectos primordiales en la vida de una comunidad.
Se suele confundir a las tradiciones con las costumbres, sin embargo, se pueden distinguir en cuanto que las primeras se manifiestan en actos particulares, especiales, periódicos (como una fiesta patronal, o una ceremonia vital, como el bautismo o el matrimonio), o en manifestaciones específicas, con formatos o protocolos estrictos, como la gastronomía, la música o la artesanía. En cambio, las costumbres son prácticas cotidianas en la acción individual definidas culturalmente, como la forma de saludar, los hábitos que establecen los roles de cada miembro de una familia –a quién corresponden determinadas labores domésticas, quién debe comer primero–, o de un centro de trabajo –que un jefe se exceda en su forma de tratar al personal, más allá de sus facultades reales–, la forma de convivir en una comunidad –como sentarse afuera de la casa por las tardes, para platicar con la familia o vecinos–, etc.
Así como puede haber tradiciones y costumbres que se caracterizan por la elevación individual o el bienestar general, también pueden implicar situaciones o relaciones interpersonales o sociales injustas, clasistas, homofóbicas, racistas o arbitrarias en otros órdenes en cuanto a la dignidad humana. En este caso, se puede considerar que las tradiciones y las costumbres contribuyen igualmente a la integración de la sociedad, pero de una sociedad culturalmente inequitativa.
En Sonora se encuentra una sociedad mestiza que en términos demográficos es predominante, a la vez que persisten siete etnias originarias, más otros grupos étnicos que se han asentado desde principios del siglo XX. En ambos sectores sociales existen tradiciones, que tienen en su mayoría un carácter religioso o espiritual.
En cuanto a la sociedad mestiza, la religiosidad católica ha implicado que cada “pueblo” o asentamiento rural tenga desde el periodo colonial una fiesta patronal que se ha mantenido. Además, hay periodos o fechas del año en los que se tienen tradiciones comunes con la mayoría de las etnias, como la Cuaresma y Semana Santa, o la Navidad.

Mujer comcáac.
Foto: Ricardo María Garibay.

Sin embargo, existen pueblos que no profesan la misma fe, siendo éstos los kwapak o cucapá y los comcáac o seris, cuyas poblaciones son mayoritariamente cristianas evangélicas –desde la década de 1950–, por lo que no comparten una gran cantidad de tradiciones con la mayoría de los pueblos originarios. Ahora bien, con independencia de las modalidades del cristianismo, en todos los pueblos persisten ceremonias y fiestas correspondientes con su cosmogonía y su ritualidad ancestrales; en el caso de los cucapá, persiste la tradición funeraria de la cremación, y en el caso de los comcáac las fiestas de año nuevo, canasta grande y pubertad. Además, en todas las etnias convertidas al catolicismo existen tradiciones prehispánicas que se manifiestan a través de ceremonias o fiestas, como la ceremonia víkita (de los tohono o’otham o “pápagos” ), el yúmare (o’ob o pimas), y la tuburada o tuburi, y la cava pizca (makurawe o guarijíos).
Es importante también identificar tradiciones precolombinas insertas en tradiciones de origen europeo, como las danzas y músicas de venado y pascola (de yoeme o yaquis y yoreme o mayos), que se presentan en ceremonias y fiestas diversas a lo largo del año, que tienen como sustento la liturgia católica.
Ligada a la vida religiosa se encuentra una categoría tradicional que puede contemplarse como elemento integral de los ceremoniales, o apreciarse por sí misma: la música. Tanto en las tradiciones cristianas como en las prehispánicas aparece la música, aunque con distintos géneros e instrumentación en unas y otras. En todas las etnias existen cantores tradicionales, quienes se acompañan de sonaja. En el caso de yaquis y mayos sus géneros musicales prehispánicos son más complejos, incluyen flauta y distintos instrumentos de percusión, como raspadores, tambor de agua y tambor. Pero, además, las fiestas de todos los pueblos, excepto cucapá y seris, cuentan con géneros de origen occidental, como los sones y el chotís, y con instrumentos europeos, como guitarra, arpa y violín.
Otros ámbitos tradicionales son la gastronomía y la artesanía, que igualmente tienen peculiaridades en cada uno de los pueblos originarios de Sonora.

sábado, 25 de enero de 2014

El Desierto de Altar, ¿patrimonio de quién?

La biología a ultranza

Tonatiuh Castro Silva

Más allá de los nombramientos occidentales, el Desierto de Altar es, dicho en castellano, el territorio tradicional de los tohono o’otham, y habría que decirlo en su lengua inclusive para que adquiriera su significado real. Siglos después llegaron los hispanohablantes y, mucho tiempo después, los científicos y los utilitaristas de la ecología. Por ello, señalar quisquillosamente las que supuestamente son las exactas definiciones, a partir de un juicio exclusivamente ambientalista –que además es erróneo, en este caso–, es cognoscitivamente absurdo, e injusto en lo social.
El Estado y sus biólogos, las instancias internacionales impulsoras del patrimonialismo, y los mercaderes turísticos manifiestan una intención geográfica a ultranza que pretende distinguir entre el “Gran Desierto de Altar”, y el “Desierto de Altar”. Sin embargo, para la cultura o’otham, su territorio no concluye donde inician la Reserva o las dunas; son parte de su herencia comunitaria, y posesión simbólica refrendada por el cuerpo normativo internacional. Desde la visión de los originarios, ni un centímetro ni varios kilómetros existen de separación entre su área de residencia y el resto de su territorio ancestral.

Laguna de Quitovac. Foto: Tonatiuh Castro Silva.

Es en esta tierra sagrada donde han ocurrido y ocurren el desabasto de agua de sus antiguos y contemporáneos habitantes, la migración letal, el tráfico humano y el narcotráfico, y son precisamente estos hechos a los que se debe prestar atención y atender mediante políticas públicas. Su antiguo hogar les ha sido paulatinamente arrebatado a los tohono o’otham, primero por los rancheros y mineros en el siglo XIX, y desde julio de 2013 por la Unesco al declarar “Patrimonio de la humanidad” al área de El Pinacate y Gran Desierto de Altar.
Para la visión cartesiana trasnochada, resulta incomprensible que la ciencia conciba como posible la inexactitud; un territorio puede ser asimilado a las nomenclaturas definidas exclusivamente por la vegetación y la fauna, aun cuando esta postura implique la supresión de la presencia humana pasada o presente. La visión positivista, que depende de un supuesto dato preciso, procura la negación de lo cultural en lo natural. Apostando a la certeza técnica, pero cayendo en el absurdo histórico, la lógica de la promoción turística y el cientificismo argumentan cínicamente: el Gran Desierto de Altar no tiene nada que ver con Altar; el Valle del Yaqui y el río Yaqui, no pertenecen a los yaquis. Tal posicionamiento político y seudo-científico no debe cegarnos, ni debiera atrofiar la labor de salvaguardia del patrimonio que se supone procuran la administración pública y los organismos internacionales.

lunes, 6 de enero de 2014

¡Regalo de reyes vagos!

Sonora diversidad obsequiará una playera conmemorativa del 25 aniversario de Suciedad Discriminada a la primera persona que mediante correo electrónico diga los títulos de tres canciones vocalizadas por "El Buchakas" en la banda.
¡Hoy es el gran día!


viernes, 6 de diciembre de 2013

Ruido subversivo en Hermosillo

Tonatiuh Castro Silva

La adolescencia como posición política, condición económica y tendencia recreativa, movió a cientos de jóvenes a manifestarse en el punk, creando un corredor cultural entre el sur estadounidense y México a fines de la década de 1980 y principios de los noventa.
La tendencia de la entonces nueva generación “roquera” sonorense, que aun presenció conciertos de Khafra, Reptil y Ataxia, fue mas allá de la rebeldía pregonada por estos grupos y sus seguidores entre 1985 y 1990, y opuesta en sus distintas manifestaciones y fundamentos ideológicos a la época setentera-ochentera de grupos como La Tierra, Interrogazión y Lynx.
Siendo el punk inglés setentero un manifiesto anarquista en todos los sentidos, en el caso sonorense el “movimiento” tomó características menos radicales. En lo musical, el punk a nivel mundial durante los ochentas se transformo en hardcore, una versión del punk con compases veloces, mayor agresividad en la batería y menor apego a las líneas melódicas del rock and roll original.
Las principales ciudades sonorenses que dieron muestra del “boom” del punk en ese periodo que se puede ubicar entre 1987 y 1991, fueron: Nogales, Hermosillo, Guaymas y Cd. Obregón. Cabe mencionar que la expresión punk ya existía desde años anteriores en el D.F., y en la manifestación de bandas específicas de algunas ciudades –como Black Market, de Tijuana–, pero al igual que en Sonora, en el resto de México fue notorio hasta esos años.
Si bien la explosión del punk ocurrió a nivel nacional, en la escena estatal el punk nogalense, inicialmente, tuvo un papel muy importante. La generación de la segunda mitad de las ochenta recibió gustosa los diferentes productos alternativos provenientes de la frontera. La influencia derivo de la circulación de “demos” y “fanzines”.
Además, los roqueros hermosillenses dejaron de hablar de “conciertos”, y adoptaron el término tocada, que tenia años de uso en la capital del país. Sin decaer el movimiento nogalense, a su influencia se sumo al contacto directo con el D.F., con España y con Estados Unidos. Esta relación nacional e internacional entre los “punx” se basó en el tradicional correo. “Demos”, “fanzines” y tocadas fueron posibles por la labor de los colectivos, que se pretendían organizaciones de resistencia.

Tvs.T en mayo de 1990. Tocada en Multifiestas Junior.

La primera presentación de un grupo “jarcoreño” en Hermosillo la realizó el grupo nogalense Democracia Real, en 1987, en la eliminatoria estatal del Concurso “Rock en tu idioma”, (des)organizado por la compañía Ariola, en el estacionamiento de la desaparecida discoteca “Blocky´o” –convertida posteriormente en Casinos–, durante el boom del rock argentino y español. El fallido concurso (“ganado” por una agrupación desconocida llamada Control Remoto) fue transmitido por Radio Sonora, gracias a lo cual el punk, a través del desgarbado estilo de “Democracia”, pudo sonar abiertamente en la región.
Para 1988 Hermosillo también producía grupos, cintas y fanzines. El 8 de octubre de 1988 tocó públicamente por primera vez en Hermosillo un grupo local de hardcore, Suciedad Descriminada (con tal denominación), provocando un ambiente desconcertante, en un festival pro-damnificados del huracán Gilberto en el auditorio Emiliana de Zubeldía, donde también tocó la banda hard rock Ataxia. En ese debut, Suciedad se conformaba por el Kuicho, el Choco, el Buchakas, así como por Carlos Aparicio como vocalista.
Pronto fueron frecuentes las protestas de las amas de casa de las diferentes colonias por los ensayos de Putrefacción Juvenil, Tvs.T (“todos contra todos”), Los Tres Cochinos y el Sistema Feroz, Desecho Publico, Víctimas de la Destrucción y otros pocos grupos, quienes se hicieron notorios hasta 1989, cuando ocurrieron las primeras tocadas propias de hardcore, en un medio dominado por el heavy y el speed metal.
En una tocada organizada por la Dirección General de Culturas Populares de la SEP, el 21 de febrero de ese año tocaron en el estadio “Miguel Castro Servín”, de la Universidad de Sonora, junto a Reptil, Ataxia, y Agresor, los grupos nogalenses Trauma y Estupidez Crónica, provocando el primer slam en suelo hermosillense, percibido justo en ese instante como un pleito frente al escenario.
La difusión de casetes de grupos estadounidenses y españoles (D.R.I., Dead Kennedys, Eskorbuto, La Polla Records, etc.), así como cintas con grabaciones caseras de grupos de la misma ciudad fronteriza: Democracia Real, Estupidez Crónica, Ethnic Ablution, resaltando el primero, fue decisiva para la expresión “punketa” sonorense.
Los fanzines hicieron el papel de prensa subterránea. Tanto su formato como su contenido mostraron una gran capacidad creativa y una irreverencia insólita en los roqueros sonorenses. En este aspecto, La Cañada, de Nogales, sirvió de inspiración para que pronto surgiera en el “rancho capitalino”, Hermosillo, fanzines como Última generación –editado por Suciedad Discriminada–, Estado de anarkía, Lío –editado por Tvs.T–, Zírculo pirata y Alternativa, aunque más domésticos: “edición” en fotocopiadora, con atracción por el blanco y negro, manchas y encabezados periodísticos amarillistas.


Pero las meramente “tocadas”, constituyeron el espacio máximo de expresión, al permitir a la plebe aglutinarse para hacer ruido, calzar botas militares, camisetas con leyendas sediciosas, vender o comprar fanzines y consumo lúdico de mezcal combinado con bebidas saborizadas, cuando aún no se nombraba “agua loka” a tal combinación. Cambiando la costumbre local en cuanto a las presentaciones, que al tratar de emular los conciertos del primer mundo, acudían al Gimnasio del Estado, al Auditorio Cívico del Estado, o a ciertas discotecas y bares, los “punkosos” se refugiaron en locales de fiestas, patios particulares o talleres. La incomodidad y la mala sonorización se asumían como parte del montaje, pues reforzaban los argumentos de las “rolas”.
El movimiento punk sonorense se diluyó por razones sociales, políticas y creativas: las nuevas tareas “ciudadanas” de aquellos rebeldes; las políticas culturales que lograron copar ese rock –proceso relacionado con el movimiento estudiantil de la Universidad de Sonora, de los años 1991-1993–, así como las nuevas tendencias del rock local e internacional, aglutinadas en el término genérico del “grunge”, advertido por este sector como una comercialización de los géneros alternativos de los años ochenta.
Estos fueron algunos determinantes para que el movimiento punk desapareciera en Sonora, reduciéndose al aún existente Suciedad Discriminada, así como a grupos específicos, que pueden ser ubicados en distintas generaciones, siendo Perra Vida el más representativo de la siguiente generación.
Finalmente, se puede decir que el padecimiento del estado púber-liminal, envuelto en un discurso antigobiernista, fue el común denominador del punk regional, estableciéndose como un punto de inflexión en el proceso sociocultural de la música juvenil en el noroeste, como una de las primeras expresiones de la globalización en la región y, paradójicamente, globalifóbica a la vez.

Publicado originalmente en Semanario El Ciudadano, 1-7 de diciembre de 1997, Hermosillo.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Banda San Andrés. Música tradicional oaxaqueña en Sonora

Tonatiuh Castro Silva

En el año de 1998 comencé a trabajar con los grupos de origen oaxaqueño asentados en Hermosillo. Los motivos del trabajo conjunto han sido diversos. Uno de ellos, es la asesoría en la realización de proyectos para su presentación de diversos programas de financiamiento. Uno de los grupos que han tenido experiencias exitosas es el que en esta ocasión reseño.

La Banda San Andrés se formó en el año 2005 en Hermosillo, aunque sus integrantes han tenido distintas experiencias en su formación y como músicos ejecutantes, en diversas regiones del país.
El mayor de los integrantes de la banda, Patrocinio de Jesús Pérez, se integró en el año de 1983 a la Banda Municipal de San Andrés Montaña, municipio de Silacayupan, Oaxaca, tomando clases durante un año con el maestro de la banda, y tocando el clarinete en fiestas tradicionales de la región.
Cuatro de sus hijos mayores –tres nacidos en Oaxaca y uno en Monterrey– tomaron clases particulares con el maestro mixteco Patrocinio Cruz durante los años 2003 y 2004, ya residiendo en Hermosillo, aprendiendo a tocar distintos instrumentos cada uno. En el año 2005 se integraron propiamente como Banda San Andrés.
El repertorio de la agrupación está conformado por aproximadamente 70 canciones, en el que combinan piezas mixtecas, como “Alejandra” y “Canción mixteca”, con piezas de otras regiones en las que la banda también es tradicional, como “Arriba Pichátaro” (Michoacán), “La yaquecita” (Sonora), “El sauce y la palma” y “El sinaloense” (ambas, sinaloenses).
La banda ha tocado en diversas localidades de Sonora, teniendo fechas o temporadas definidas para cada sitio: Puerto Peñasco (en semana santa), Hermosillo (en Expo-Gan, calles de diversas colonias), Santa Ana (15-25 julio), Huepac (9, 10 y 11 de agosto), Agua Prieta (del 8 al 18 de septiembre), y Magdalena (del 28 de septiembre al 5 de octubre).

miércoles, 6 de noviembre de 2013